Hamelín es una ciudad muy hermosa. Los habitantes de Hamelín aman mucho a su ciudad y creen que ninguna otra es tan hermosa.
Una vez los habitantes de la hermosa ciudad de Hamelín estaban muy tristes. Estaban tristes porque había en la ciudad muchas ratas y muchos ratones que entraban en todas las casas y se comían el pan y las legumbres.
Un día dijeron las mujeres;
--Debemos echar de la ciudad las ratas y los ratones.
Los hombres dijeron lo mismo. Todos los habitantes dijeron lo mismo: que debían echar de la ciudad las ratas y los ratones. Todos los hombres se reunieron para ver si podían encontrar un medio para echar de la ciudad aquellos perniciosos animales que entraban en todas las casas y se comían el pan y las legumbres.
--¿Cómo podemos echar de la ciudad las ratas y los ratones? -- preguntaban todos; pero ninguno encontraba el medio para echarlos.
Los hombres estaban muy tristes porque todos los días cuando entraban en sus casas, las mujeres les preguntaban:
--¿Han encontrado Uds. algún medio para echar de la ciudad las ratas y los ratones? -- Pero los hombres respondían:
--No hemos encontrado todavía ningún medio par echarlos de la ciudad.
Un día dijo el alcalde:
--Vamos a ofrecer mucho dinero al hombre capaz de librarnos de las ratas y de los ratones.
--Sí -- dijeron todos --, al hombre capaz de librarnos de ello vamos a ofrecerle mucho dinero.
Algunos días después vino a la ciudad un extranjero. Se dirigió a la casa del alcalde y le dijo:
--Yo puedo librarlos a Uds. de las ratas y de los ratones. Denme Uds. el dinero que han prometido dar al hombre capaz de librarlos de ellos.
--Bueno -- dijo el alcalde --, si Ud. nos libra de todas las ratas y de todos los ratones que hay en la ciudad, le daremos a Ud. el dinero.
El extranjero tenía una flauta que tocaba maravillosamente. Los habitantes no habían oído nunca una música tan maravillosa. El flautista pasó tocando la flauta por todas las calles más grandes y más hermosas de la ciudad. Al principió tocaba suavemente, pero después empezó a tocar más fuerte. Cuando las ratas y los ratones oyeron la música salieron enseguida de todas las casas. Sí, todos, grandes y pequeños, salieron de las casas para oír la música del flautista.
--¡Ah! -- decían los hombres y las mujeres --¿ven Uds.? Allí están todas las ratas y todos los ratones. Todos salen de las casas y van detrás del flautista para oír la música.
Él siguió tocando maravillosamente y andando despacio, muy despacio, por las calles de la ciudad, y las ratas y los ratones iban detrás de él oyendo la música.
--Miren Uds. -- decían las mujeres --, miren Uds.; las ratas y los ratones van detrás del flautista oyendo la música.
Las ratas y los ratones siguieron al flautista hasta fuera de la ciudad, hasta fuera de la hermosa ciudad de Hamelín.
Ya no quedaban ratas ni ratones en la ciudad. Todos los habitantes estaban contentos, muy contentos. Los hombres y las mujeres querían ver qué iba a hacer el flautista con aquellos perniciosos animales. Por eso fueron todos detrás de él hasta fuera de la ciudad. Entonces vieron que el flautista no dirigía hacia el río, seguido de todas las ratas y de todos los ratones.
El río que está cerca de la hermosa ciudad de Hamelín es muy grande. El flautista tocaba tan maravillosamente que las ratas y los ratones no veían el agua. Entonces el flautista entró en el río y todos aquellos perniciosos animales le siguieron.
Como estaban oyendo la música y como no sabían nadar, se ahogaron todos. Sí, todas las ratas y todos los ratones se ahogaron en el río.
Después el flautista volvió a la ciudad y le dijo el alcalde:
--Señor, ya los he librado a Uds. de las ratas y de los ratones; déme Ud. el dinero que ofreció.
--¡Ah! No -- respondió el alcalde --. La música era muy buena, es verdad, pero yo no puedo darle tanto dinero por un poco de música. -- El acalde no quería darle nada al flautista.
Éste se enfadó entonces y dijo:
--Señor Ud. prometió darme el dinero si yo libraba de las ratas y de los ratones. Yo los he ahogado todos en el río. Ya no pueden volver porque todos están muertos; y no ahora déme Ud. el dinero.
--No -- dijo el alcalde --, las ratas y los ratones están muertos, ya no pueden volver, y no quiero darle de dinero.
--Está bien -- dijo el flautista --; si Uds. no me dan el dinero, me llevaré a los niños del pueblo.
Entonces pasó otra vez por la calles de Hamelín tocando la flauta maravillosamente. Al principio la música era muy suave, pero después empezó a tocar más fuerte. No salieron entonces las ratas y los ratones porque todos estaban muertos, sino los niños de Hamelín, grandes y pequeños, salieron de las casas para oír la música. Todos los niños seguían al flautista que tocaba maravillosamente.
Las madres pensaban que el flautista los llevaría también al río y les gritaban llamándolos, pero los niños no oían nada más que la música.
El extranjero seguía tocando y se iba siempre más lejos, y los niños, grandes y pequeños le seguían.
Todos los niños muy contentos porque la música era muy hermosa, tan hermosa que les hacía bailar y reír.
Todas las madres seguían al flautista para ver qué iba a hacer con los niños, pero él no se dirigía al río. Siguió más lejos y más lejos. Al fin llegó con los niños a una montaña. La montaña era alta, muy alta.
--¡Ah! -- dijeron las madres llenas de miedo --¿qué va a hacer el flautista con los niños?
En aquel momento se abrió la montaña. El flautista entró en ella. El tocaba siempre más fuerte y los niños, que bailaban y reían, le siguieron. Todos le siguieron, y cuando todos estuvieron adentro, la montaña se cerró, y las pobres madres no vieron nunca más a sus queridos hijos.
No había más ratas ni ratones en la ciudad de Hamelín, pero no había tampoco más niños excepto uno. Sí, había sólo un niño en Hamelín. Este niño era cojo. Era tan cojo que no pudo seguir al flautista. Lloraba porque no podía oír la música, y decía:
--¡Ah! ¿por qué no puede yo ir con los otros niños? ¡El flautista tocaba tan bien! Y la música hablaba de las rosas y de la miel. Los niños han encontrado seguramente en las montañas muchas rosas y mucha miel. ¡Pobre de mí! ¡Qué triste estoy!
El niño cojo estaba triste; los padres y las madres estaban tristes también, porque ya no podían ver a sus queridos hijos.
Todos los habitantes de la ciudad estaban muy tristes, y el alcalde dijo un día.
--Nunca debe tocarse más música en la calles de Hamelín.
Hester Chamberlain
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Eastfield College