En la capital de una provincial de Persia había en otro tiempo un sastre que tenía una esposa muy hermosa. Un día llegó a su puerta un jorobado que cantaba muy bien acompañándose con una guitarra. Les gustaron tanto al sastre y a su esposa las canciones del jorobado, que le invitaron a cenar con ellos.
Estando comiendo un pescado que tenía muchas espinas, se le atravesó una en la garganta al pobre jorobad, y a pesar de los esfuerzos que el sastre y su esposa hicieron para extrémela, murió el jorobado.
Al verse con un cadáver en casa, el pobre sastre exclamó:
--Estamos perdido, porque si la justicia lo sabe, creerá que nosotros hemos muerto a este hombre, y nos llevará presos.
La mujer, acordándose de que al lado vivía un médico judío dijo:
--Lo mejor que podemos hacer es llevar a este hombre a la casa de nuestro vecino, el médico.
En efecto, entre los dos llevaron al jorobado muerto a la casa del médico que vivía en el primer piso, y llamaron a la puerta. Salió abrir la puerta la criada, y el sastre dándole una moneda de oro le dijo:
--Diga Ud. a su amo que aquí hay un enfermo que necesita auxilios.
El médico al ver la moneda de oro creyó que sería algún enfermo rico y salió inmediatamente y sin luz. Al salir tropezó con el jorobado y le hizo rodar por las escaleras. Mandó a su esposa que trajera una luz, y cuando vio que aquel hombre estaba muerto, dijo:
--Estamos perdido, porque si la justicia lo sabe creerá que nosotros hemos muerto a este hombre y no llevará presos.
--Lo mejor que podemos hacer -- dijo la mujer --es echar este cadáver por la chimenea de nuestro vecino el carnicero.
En efecto, lo subieron a la azotea y lo echaron por la chimenea de su vecino el carnicero, con tan buena suerte que el jorobado quedó sentado en el suelo de la cocina, como si estuviera vivo.
Un momento después entró el carnicero en la cocina, y al ver al jorobado allí creyó que era un ladrón y cogiendo un palo, empezó a darle golpes y le examinó. Cuando vio que estaba muerto, empezó a decir:
--He muerto a este hombre. Si le encuentran en mi casa, estoy perdido porque la justicia creerá que yo le ha muerto y me llevará preso. Lo mejor que puedo hacer es sacarle de mi casa y llevarle a otra parte.
En efecto, cargó con el cuerpo del jorobado, lo llevó a la calle y lo arrimó contra la puerta de una tienda. Sucedió que un poco antes del amanecer un comerciante cristiano pasó por cerca de la puerta donde estaba el jorobado y tropezó con él. Creyendo que era un ladrón empezó a darle golpes mientras gritaba:
--¡Socorro! ¡ladrones! ¡que me matan!
A sus gritos acudieron uno cuantos policías y encontrando al jorobado muerto creyeron que el cristiano le había muerto y se le llevaron preso. Como no había testigos, y el cristiano no podía negar que había dado grandes golpes al jorobado, el juez le condenó a morir en la horca.
Ya iban a ahorcar al comerciante, cuando se presentó el carnicero gritando:
-- No maten Uds. a un inocente: el verdadero culpable soy yo.
Y en seguida contó como había muerto al jorobado al encontrarle en su casa.
Al oír una confesión tan espontánea, el juez mandó que soltasen al comerciante y ahorcasen en su lugar al carnicero. Ya iban ahorcar al carnicero, cuando se presentó el médico judío gritando:
-- No maten Uds. a un inocente; el verdadero culpable soy yo.
Y en seguida contó como había muerto involuntariamente al jorobado al tropezar con é en las escaleras de su casa.
Al oír una confesión tan espontánea, el juez mandó que soltasen al carnicero y ahorcasen en su lugar al médico judío. Ya iban a ahorcar el médico judío, cuando se presentó el sastre gritando y dijo:
-- No maten Uds. a un inocente. Señor Juez, si alguien es culpable, ése soy yo, porque nadie puede matar a un hombre que ya está muerto.
El sastre contó al juez que el jorobado había muerto en su casa a consecuencia de habérsele atravesado en la garganta una espina de un pescado mientras comía y que él y su esposa le habían llevado a la casa del médico judío.
Al oír la relación del sastre, el juez se quedó perplejo sin atreverse a mandar que ahorcasen al sastre, porque en realidad no era culpable, y mandó que los llevaran a los cuatro y al jorobado muerto a la presencia del gobernador.
Cuando el gobernador oyó la historia de las aventuras de jorobado muerto no pudo contener su admiración y mandó que pusiesen en libertad al comerciante cristiano, al carnicero, al médico judío y al sastre.
Hester Chamberlain
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Eastfield College